En pocos partidos falta un hombre aprovechable. Lo que no tiene cura es el sistema de los partidos. Lo hemos visto reiteradamente en la sucesión de ensayos que nos ha tocado soportar, y vamos a verlo de nuevo con ocasión de las próximas elecciones.
La experiencia –que, por otra parte, no ha hecho más que confirmar lo que ya promulgaba la razón– pudiera formularse con la exactitud de una ley matemática: No hay política posible, ni historia posible, ni Patria posible, si cada dos años se pone todo en revisión con motivo de unas elecciones.
Las grandes arquitecturas históricas han sido, cuando menos, la obra de la vida entera de un jefe o de un rey. Las más de las veces han sido la obra de toda una dinastía. En otras partes, la de una revolución que ha impuesto sus principios y se ha mantenido en ellos durante cuarenta o cincuenta años, mediante la sucesión en el Poder de hombres ungidos por el derecho de la revolución misma. De no ser así, todo esfuerzo es inútil: ni en dos ni en cinco años da tiempo a realizar nada, y es cosa sabida que la impaciencia popular se inclina cada dos años, o cada cinco, a cambiar de postura. No hay tiempo sin incomodidad, y el juicio simple de las masas tiende siempre a recibir lo bueno de cada tiempo como cosa natural y gratuita, y lo malo como consecuencia de la torpeza de los gobernantes. Nunca se juzga a los gobernantes por lo que han hecho, sino por lo que han dejado de hacer. De este modo, como nadie en el mundo es capaz de hacer todo lo imaginable nadie está libre de que la crítica se ensañe con lo que no hizo.
Esta crítica de lo que falta, este llorar por lo que queda, es el mejor resorte del conjunto de falacias, injusticias y embustes que se llama la propaganda electoral. Los más insignes edificadores de pueblos no hubieran rematado sus obras si cada dos años o cada tres, en plena tarea, cuando aún era tan difícil entrever los resultados finales, hubiesen tenido que someterse a la dirección irresponsable de todos los demagogos en todas las tabernas de todos los pueblos.
El sistema sufragista no sólo se resiente de todos los vicios de la demagogia, sino que los estimula. Para ganar votos hay que excitar a los electores. Entre candidato y candidato se entablan pugilatos a muerte; cada uno tiene que aumentar la dosis de excitante suministrada por el rival.
No puede haber un solo hombre normal que defienda de buena fe este sistema diabólico. Sólo odiando al pueblo se le puede desear un sistema que le convierte, cada dos o tres años, en campo de experimentación de todos los imbéciles, ambiciosos, frenéticos, logreros y farsantes. Unos candidatos saldrán triunfantes, y otros vencidos; de unos y de otros se sabrá poco hasta las próximas elecciones; pero en pos de ellos habrán quedado, envenenando almas, embalses enormes de rencor sin alivio posible, porque los demagogos, para alimentar el rencor, encienden apetitos irrealizables.
¿Por qué no se tolera la venta pública de estupefacientes y novelas pornográficas y sí se tolera este mercado libre de estupefacientes políticos? Se tolera, simplemente, porque el Estado, que admite el sistema, no cree en sí mismo ni en su propia misión justificante, y para hacer perdonar la injusticia de existir tiene que simular que se pone en juego, cada dos o tres años, su propia existencia. Nuestro Estado, que tendrá la conciencia de su gran misión al servicio de la unidad eterna de España, no permitirá que España se juegue a este turbio azar de las urnas.
(Arriba, núm. 25, 26 de diciembre de 1935)
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lunes, 23 de abril de 2012
domingo, 8 de abril de 2012
Operacion Felix, la ofensiva soñada de Hitler.
Este es el primer y único documental realizado sobre los planes de Hitler para conquistar Gibraltar, un punto estratégico fundamental durante la II Guerra Mundial. Conoceremos los planes de Hitler para esta conquista, los de Churchill, que elaboró un complejo sistema defensivo de túneles, así como el papel que jugó Franco en toda la operación. En 1940 Hitler ordenó a sus generales de mayor confianza realizar esta invasión que podría haber cambiado el desenlace de la II Guerra Mundial. Dicha misión fue denominada "Operación Félix". Contando ya con esta amenaza, los ingleses excavaron una asombrosa red de túneles en el interior del Peñón, aunque eran conscientes de que si la invasión se llevaba a cabo, no podrían soportarla más de tres días. Con el permiso especial del Ministerio de Defensa Británico, nuestras cámaras han entrado en el Peñón de Gibraltar para documentar por primera vez en la historia este sistema de túneles. También cuenta con entrevistas al personal inglés que nos desvelan el modo de vida durante aquellos años de guerra, y su preparación para morir, si hubiera sido necesario, en defensa del Peñón...
domingo, 1 de abril de 2012
miércoles, 21 de marzo de 2012
¿Qué queda del Falangismo?
El caso de José Antonio Primo de Rivera es completamente singular.
Su vida pública se reduce a cinco años; su jefatura de Falange, a tres. Después, la muerte se lo llevó. Desde el punto de vista de la política práctica, su peso fue irrelevante: balsa a la deriva en las aguas turbulentas de la II República, a la izquierda no le costó gran cosa aplastarlo ante la pasividad de una derecha a la que el hijo del dictador le resultaba más bien incómodo. José Antonio careció por completo de la garra y la ambición que caracteriza a los grandes revolucionarios: Lenin, Mussolini, Hitler, capaces de establecer una estrategia implacable de conquista. Como político, no nos engañemos, fue un fracaso.
Sin embargo, todo lo que José Antonio pensó, escribió y proclamó durante aquellos breves años, en la tribuna parlamentaria o en el mitin de calle, posee una altura y una profundidad excepcionales. En ese sentido, su figura forma parte eminente de la historia del siglo XX en España. Más intelectual que hombre de acción, José Antonio debe ser juzgado antes por sus ideas, por sus escritos, que por su “balance” político. Más revolucionario que conservador, pero también más conservador que fascista, el lugar del fundador de la Falange debe inscribirse en la historia de la derecha española. Podríamos resumir así su lugar: José Antonio recuperó algunos de los grandes temas del nacionalismo revolucionario europeo y los insertó en la tradición intelectual de la derecha española, sometiéndola a una fuerte convulsión. La mixtura, bastante singular, es lo que da toda su personalidad al pensamiento joseantoniano, que no puede definirse exactamente como pensamiento “nacionalsindicalista”, sino que desborda las etiquetas estrictamente políticas.
Un pensamiento original
En efecto, en las muchas páginas dejadas por Primo de Rivera saltan con idéntica frecuencia –contradictoria- Ortega y Menéndez Pelayo, D’Ors y Maeztu, y ese es el filtro a través del cual adquieren color propio las ideas importadas del fascismo italiano y su corporativismo. Crítico de la modernidad, sin embargo la asume al considerar prioritaria la cuestión social y el mundo del trabajo. Nacionalista por temperamento, sin embargo supera el nacionalismo al hacer propia la idea de imperio, que tanto debe a Eugenio D’Ors. Católico por profunda convicción personal, sin embargo rehuye cualquier confesionalismo político, lo cual le aleja de los ámbitos tradicionalistas. Lejos también del espíritu romántico –tan consustancial a los fascismos y especialmente al nacionalsocialismo-, José Antonio opta por una visión clásica del Estado, por una idea arquitectónica de la comunidad nacional. Pero no sucumbe a la divinización del Estado, sino que trata de hacer a éste compatible con el protagonismo de las personas encuadradas en sus formas “naturales” de organización (familia, municipio, sindicato). El conjunto, el cuerpo teórico, adquiere una consistencia muy superior tanto a su traslación programática –los 27 puntos de Falange- como a sus posteriores desarrollos políticos.
José Antonio, un símbolo
Todo eso quedó prácticamente congelado desde aquel 20 de noviembre de 1936, bajo las balas del Frente Popular. A partir de esa fecha, José Antonio fue más una figura que un hombre. Se ha escrito mucho sobre la instrumentalización posterior de la figura del Ausente por el régimen de Franco: la transformación de un programa revolucionario en coartada retórica para un régimen autoritario y ultraconservador. Esto es, en general, verdad, pero conviene establecer unos cuantos matices de la mayor importancia. Primero, que tal instrumentalización sólo fue posible porque el grupo dominante de la propia Falange así lo quiso. Este grupo fue el vencedor de una violenta querella interna entre facciones falangistas enfrentadas; los derrotados en la pugna podrán resultarnos más o menos simpáticos, pero es aventurado suponer que estuvieran en condiciones reales de ofrecer un modelo viable de organización del Estado. Después, el grupo vencedor –franquista, conservador- no dejó de aplicar buena parte del programa falangista en la España de posguerra. La construcción de viviendas sociales, la alfabetización de las mujeres a través de la Sección Femenina (una tarea sobre la que demasiado apresuradamente se lanzan hoy desdenes) o la mejora progresiva de las condiciones laborales son sólo unos pocos ejemplos.
¿Y hoy? Hoy el mundo es enteramente distinto al que José Antonio conoció. Por eso sus ideas políticas son necesariamente inactuales. En ese sentido, tan absurdo es imaginarle como un señoritingo aficionado a las pistolas y a las juergas –la caricatura izquierdista- como presuponerle un genio inmarcesible capaz de cabalgar por encima de los siglos. El pensamiento de José Antonio Primo de Rivera es tributario de su tiempo y sólo en él puede ser plenamente entendido. Ahora bien, sus páginas siguen dejándonos reflexiones de indudable brillantez y perspectivas que, por bien fundadas, no pasan de moda.
Hoy el lugar de José Antonio no debería estar en carteles pegados en las paredes de la ciudad, sino en los programas de estudio de las universidades.
Por José Javier Esparza
Su vida pública se reduce a cinco años; su jefatura de Falange, a tres. Después, la muerte se lo llevó. Desde el punto de vista de la política práctica, su peso fue irrelevante: balsa a la deriva en las aguas turbulentas de la II República, a la izquierda no le costó gran cosa aplastarlo ante la pasividad de una derecha a la que el hijo del dictador le resultaba más bien incómodo. José Antonio careció por completo de la garra y la ambición que caracteriza a los grandes revolucionarios: Lenin, Mussolini, Hitler, capaces de establecer una estrategia implacable de conquista. Como político, no nos engañemos, fue un fracaso.
Sin embargo, todo lo que José Antonio pensó, escribió y proclamó durante aquellos breves años, en la tribuna parlamentaria o en el mitin de calle, posee una altura y una profundidad excepcionales. En ese sentido, su figura forma parte eminente de la historia del siglo XX en España. Más intelectual que hombre de acción, José Antonio debe ser juzgado antes por sus ideas, por sus escritos, que por su “balance” político. Más revolucionario que conservador, pero también más conservador que fascista, el lugar del fundador de la Falange debe inscribirse en la historia de la derecha española. Podríamos resumir así su lugar: José Antonio recuperó algunos de los grandes temas del nacionalismo revolucionario europeo y los insertó en la tradición intelectual de la derecha española, sometiéndola a una fuerte convulsión. La mixtura, bastante singular, es lo que da toda su personalidad al pensamiento joseantoniano, que no puede definirse exactamente como pensamiento “nacionalsindicalista”, sino que desborda las etiquetas estrictamente políticas.
Un pensamiento original
En efecto, en las muchas páginas dejadas por Primo de Rivera saltan con idéntica frecuencia –contradictoria- Ortega y Menéndez Pelayo, D’Ors y Maeztu, y ese es el filtro a través del cual adquieren color propio las ideas importadas del fascismo italiano y su corporativismo. Crítico de la modernidad, sin embargo la asume al considerar prioritaria la cuestión social y el mundo del trabajo. Nacionalista por temperamento, sin embargo supera el nacionalismo al hacer propia la idea de imperio, que tanto debe a Eugenio D’Ors. Católico por profunda convicción personal, sin embargo rehuye cualquier confesionalismo político, lo cual le aleja de los ámbitos tradicionalistas. Lejos también del espíritu romántico –tan consustancial a los fascismos y especialmente al nacionalsocialismo-, José Antonio opta por una visión clásica del Estado, por una idea arquitectónica de la comunidad nacional. Pero no sucumbe a la divinización del Estado, sino que trata de hacer a éste compatible con el protagonismo de las personas encuadradas en sus formas “naturales” de organización (familia, municipio, sindicato). El conjunto, el cuerpo teórico, adquiere una consistencia muy superior tanto a su traslación programática –los 27 puntos de Falange- como a sus posteriores desarrollos políticos.
José Antonio, un símbolo
Todo eso quedó prácticamente congelado desde aquel 20 de noviembre de 1936, bajo las balas del Frente Popular. A partir de esa fecha, José Antonio fue más una figura que un hombre. Se ha escrito mucho sobre la instrumentalización posterior de la figura del Ausente por el régimen de Franco: la transformación de un programa revolucionario en coartada retórica para un régimen autoritario y ultraconservador. Esto es, en general, verdad, pero conviene establecer unos cuantos matices de la mayor importancia. Primero, que tal instrumentalización sólo fue posible porque el grupo dominante de la propia Falange así lo quiso. Este grupo fue el vencedor de una violenta querella interna entre facciones falangistas enfrentadas; los derrotados en la pugna podrán resultarnos más o menos simpáticos, pero es aventurado suponer que estuvieran en condiciones reales de ofrecer un modelo viable de organización del Estado. Después, el grupo vencedor –franquista, conservador- no dejó de aplicar buena parte del programa falangista en la España de posguerra. La construcción de viviendas sociales, la alfabetización de las mujeres a través de la Sección Femenina (una tarea sobre la que demasiado apresuradamente se lanzan hoy desdenes) o la mejora progresiva de las condiciones laborales son sólo unos pocos ejemplos.
¿Y hoy? Hoy el mundo es enteramente distinto al que José Antonio conoció. Por eso sus ideas políticas son necesariamente inactuales. En ese sentido, tan absurdo es imaginarle como un señoritingo aficionado a las pistolas y a las juergas –la caricatura izquierdista- como presuponerle un genio inmarcesible capaz de cabalgar por encima de los siglos. El pensamiento de José Antonio Primo de Rivera es tributario de su tiempo y sólo en él puede ser plenamente entendido. Ahora bien, sus páginas siguen dejándonos reflexiones de indudable brillantez y perspectivas que, por bien fundadas, no pasan de moda.
Hoy el lugar de José Antonio no debería estar en carteles pegados en las paredes de la ciudad, sino en los programas de estudio de las universidades.
Por José Javier Esparza
martes, 20 de marzo de 2012
jueves, 8 de marzo de 2012
sábado, 25 de febrero de 2012
Krasny Bor
Cuando la última de las grandes guerras de la historia de España –la que libramos contra nosotros mismos– había concluido, en el otro extremo del continente se desató la mayor carnicería que la humanidad haya conocido jamás. Se trataba de la invasión alemana de Rusia, la llamada Operación Barbarroja, que dio comienzo en junio de 1941 con el objetivo confeso de hacer que la Unión Soviética se evaporase del mapa para siempre.
En aquel frente se desarrolló una brutal guerra de exterminio, sin cuartel, como no se había visto nunca. Los alemanes, poseídos por una furia homicida que todavía hoy nadie ha conseguido explicar, irrumpieron en la estepa rusa y arrasaron pueblos, ciudades y aldeas, asesinando en masa. Los rusos, a quienes la campaña había cogido por sorpresa, no tardaron en reaccionar y contraatacaron con fiereza inusitada. Entre medias quedó la nada y 30 millones de cadáveres, la mayor parte civiles inocentes.
Pues bien, en aquel caldero hirviente de fanatismo ideológico, odio étnico y venganza se metieron 50.000 españoles. Lo hicieron, además, por voluntad propia; porque España, aunque sea por simple lejanía, ni estaba ni ha estado jamás en guerra contra Rusia. El cuerpo de voluntarios se reclutó el mismo año de la invasión y fue trasladado a Alemania, donde fue integrado en el ejército alemán: conformó la 250ª Unidad de la Wehrmacht. No combatía bajo bandera española, sino bajo la alemana; aunque aquí, como estas cosas siempre nos han gustado mucho, sus triunfos y actos heroicos, que fueron unos cuantos, se vivieron como propios.
La unidad, conocida como División Azul por las camisas falangistas que llevaban sus integrantes, combatió en el frente de Leningrado durante más de dos años. Parece mentira, pero tiene guasa que a una división de bronceados sureños venidos del país donde crecen los limoneros la enviasen a combatir a una región de intratables inviernos, lagos congelados y temperaturas dignas de Groenlandia. A pesar de todo, los nuestros lo hicieron bien, es más, lo hicieron extraordinariamente bien: dejaron el pabellón muy alto en la que habría de ser la última de las guerras de nuestra historia.
La misión que les había tocado era la de contribuir al sitio de Leningrado, ciudad a la que Hitler quería matar de hambre. La División Azul pronto se ganó cierta fama de invencibilidad por sus excelentes cualidades de combate. El mismo Führer, que no apreciaba especialmente a los españoles, reconoció lo duros y extremadamente valientes que eran sus soldados. Al primero de los generales que comandó la división, Agustín Muñoz Grandes, llegó a concederle la Cruz de Hierro, una distinción que muy pocos extranjeros llegaron a alcanzar.
A principios de 1943, mientras el VI Ejército alemán se rendía en Stalingrado después de resistir durante meses, el alto mando ruso concibió la idea de romper el cerco de Leningrado golpeando por el área de Krasny Bor, un arrabal de la ciudad que se encontraba en manos enemigas. El lugar elegido para la ofensiva era ese porque el general Zukov suponía que, al estar defendido por voluntarios españoles, éstos, sometidos al frío extremo, las privaciones y la desmotivación propias de aquella guerra absurda, saldrían fácilmente en estampida, dejando el paso expedito a los 40.000 soldados, 90 tanques y 1.000 piezas de artillería del 55º Ejército soviético.
Ante semejante alarde, los aperreados españoles apenas podían oponer 5.000 hombres ateridos de frío, malcomidos y con las manos entumecidas. Al punto de la mañana del 10 de febrero, en plena noche y a 25 bajo cero, Zukov ordenó abrir fuego de artillería sobre las posiciones españolas. Su idea era no dejar un solo enemigo vivo. Ochocientas bocas se pusieron a escupir fuego de obús durante dos interminables horas. El cañoneo era letal y ensordecedor, entre andanada y andanada pasaban diez segundos, los necesarios para recargar los cañones. Los divisionarios corrieron a los búnkeres en espera de que pasase el fuego artillero, pero éste era de tal intensidad que muchos no resistieron.
Al amanecer, la mitad del regimiento español había muerto. Pero quedaba la otra mitad, y no tenía pensado huir. Desde la comandancia la orden era explícita: resistir hasta el último hombre. Una orden así, cualquier otro regimiento la hubiese desobedecido, pero no uno formado por infantes españoles. Los rusos no podían ni imaginar que tenían enfrente a un batallón de irreductibles hispanos dispuestos a cualquier cosa con tal de no rendirse, así que avanzaron confiados con los carros de combate y los regimientos de infantería.
Y ahí se torció el impecable plan de Zukov. La lluvia de obuses había derretido la nieve, dejando el campo intransitable para los blindados, lo que obligó a los soviéticos a internarse a pie en Krasny Bor. Era todo lo que los divisionarios necesitaban. Reorganizados a toda prisa, metralleta en mano y metidos en los cráteres dejados por las bombas, esperaron a que las unidades rusas se aproximasen para disparar a discreción.
La masacre fue dantesca. En sólo unas horas cayeron 10.000 soldados soviéticos. La táctica seguida por los divisionarios era mantener una posición hasta que fuera detectada; entonces retranqueaban la línea y vuelta a empezar. Todo dependía de ellos porque sus aliados alemanes no se decidían a acudir. O se anticipaban y disparaban, o un enemigo numéricamente superior y que defendía su patria les machacaba sin miramientos. El viejo lema de la aviación española: "Vista, suerte y al toro", nunca tuvo mejor expresión en tierra.
Los alemanes, sorprendidos por la acometida soviética, dejaron pasar la mañana sin acudir en auxilio de la División 250. Probablemente pensaron que un contingente tan pequeño habría sucumbido ante la apisonadora de Zukov. Una vez sacrificados los voluntarios españoles, lo mejor era mantener la línea y reorganizar la defensa más atrás con regimientos alemanes. Al norte se encontraba la IV División de la SS Polizei, pero no podía moverse, por si los soviéticos cambiaban el curso de la ofensiva. La Luftwaffe no acudió hasta entrada la tarde, y poco después llegó la 212ª División de Infantería alemana.
Para entonces la batalla ya había terminado: 5.000 españoles con fusiles y metralletas habían cedido sólo tres kilómetros frente a 40.000 rusos armados hasta los dientes; es decir, que, contra todo pronóstico y hasta contra la misma lógica, los españoles habían vencido. Pero la victoria no había salido gratis: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos fue el precio que hubieron de pagar. Algunos fueron hechos prisioneros y conducidos hasta Leningrado, donde fueron interrogados por otros españoles, que luchaban para los rusos.
Zukov creía que, en Krasny Bor, Hitler había estrenado algún tipo de arma secreta y milagrosa. "Dice el coronel que le habéis causado más de 10.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y máuseres corrientes", le espetó un republicano español a un sargento de la División Azul capturado durante la batalla. El arma secreta y, más que milagrosa, correosa eran los divisionarios, hijos de la lejana España, herederos de una tradición milenaria que se cifra en resistir lo que haga falta a cualquier precio, con razón o sin ella, en Rusia o en Sierra Morena.
Meses después, cuando se había extendido por la Wehrmacht la leyenda de los bravos españoles que, a decir de Hitler, "apenas se protegen y desafían a la muerte", un oficial alemán confesó a un corresponsal en Berlín: "Los españoles, más que soldados, son guerreros". Los de Krasny Bor lo fueron, y de los buenos.
Fernando Díaz Villanueva
En aquel frente se desarrolló una brutal guerra de exterminio, sin cuartel, como no se había visto nunca. Los alemanes, poseídos por una furia homicida que todavía hoy nadie ha conseguido explicar, irrumpieron en la estepa rusa y arrasaron pueblos, ciudades y aldeas, asesinando en masa. Los rusos, a quienes la campaña había cogido por sorpresa, no tardaron en reaccionar y contraatacaron con fiereza inusitada. Entre medias quedó la nada y 30 millones de cadáveres, la mayor parte civiles inocentes.
Pues bien, en aquel caldero hirviente de fanatismo ideológico, odio étnico y venganza se metieron 50.000 españoles. Lo hicieron, además, por voluntad propia; porque España, aunque sea por simple lejanía, ni estaba ni ha estado jamás en guerra contra Rusia. El cuerpo de voluntarios se reclutó el mismo año de la invasión y fue trasladado a Alemania, donde fue integrado en el ejército alemán: conformó la 250ª Unidad de la Wehrmacht. No combatía bajo bandera española, sino bajo la alemana; aunque aquí, como estas cosas siempre nos han gustado mucho, sus triunfos y actos heroicos, que fueron unos cuantos, se vivieron como propios.
La unidad, conocida como División Azul por las camisas falangistas que llevaban sus integrantes, combatió en el frente de Leningrado durante más de dos años. Parece mentira, pero tiene guasa que a una división de bronceados sureños venidos del país donde crecen los limoneros la enviasen a combatir a una región de intratables inviernos, lagos congelados y temperaturas dignas de Groenlandia. A pesar de todo, los nuestros lo hicieron bien, es más, lo hicieron extraordinariamente bien: dejaron el pabellón muy alto en la que habría de ser la última de las guerras de nuestra historia.
La misión que les había tocado era la de contribuir al sitio de Leningrado, ciudad a la que Hitler quería matar de hambre. La División Azul pronto se ganó cierta fama de invencibilidad por sus excelentes cualidades de combate. El mismo Führer, que no apreciaba especialmente a los españoles, reconoció lo duros y extremadamente valientes que eran sus soldados. Al primero de los generales que comandó la división, Agustín Muñoz Grandes, llegó a concederle la Cruz de Hierro, una distinción que muy pocos extranjeros llegaron a alcanzar.
A principios de 1943, mientras el VI Ejército alemán se rendía en Stalingrado después de resistir durante meses, el alto mando ruso concibió la idea de romper el cerco de Leningrado golpeando por el área de Krasny Bor, un arrabal de la ciudad que se encontraba en manos enemigas. El lugar elegido para la ofensiva era ese porque el general Zukov suponía que, al estar defendido por voluntarios españoles, éstos, sometidos al frío extremo, las privaciones y la desmotivación propias de aquella guerra absurda, saldrían fácilmente en estampida, dejando el paso expedito a los 40.000 soldados, 90 tanques y 1.000 piezas de artillería del 55º Ejército soviético.
Ante semejante alarde, los aperreados españoles apenas podían oponer 5.000 hombres ateridos de frío, malcomidos y con las manos entumecidas. Al punto de la mañana del 10 de febrero, en plena noche y a 25 bajo cero, Zukov ordenó abrir fuego de artillería sobre las posiciones españolas. Su idea era no dejar un solo enemigo vivo. Ochocientas bocas se pusieron a escupir fuego de obús durante dos interminables horas. El cañoneo era letal y ensordecedor, entre andanada y andanada pasaban diez segundos, los necesarios para recargar los cañones. Los divisionarios corrieron a los búnkeres en espera de que pasase el fuego artillero, pero éste era de tal intensidad que muchos no resistieron.
Al amanecer, la mitad del regimiento español había muerto. Pero quedaba la otra mitad, y no tenía pensado huir. Desde la comandancia la orden era explícita: resistir hasta el último hombre. Una orden así, cualquier otro regimiento la hubiese desobedecido, pero no uno formado por infantes españoles. Los rusos no podían ni imaginar que tenían enfrente a un batallón de irreductibles hispanos dispuestos a cualquier cosa con tal de no rendirse, así que avanzaron confiados con los carros de combate y los regimientos de infantería.
Y ahí se torció el impecable plan de Zukov. La lluvia de obuses había derretido la nieve, dejando el campo intransitable para los blindados, lo que obligó a los soviéticos a internarse a pie en Krasny Bor. Era todo lo que los divisionarios necesitaban. Reorganizados a toda prisa, metralleta en mano y metidos en los cráteres dejados por las bombas, esperaron a que las unidades rusas se aproximasen para disparar a discreción.
La masacre fue dantesca. En sólo unas horas cayeron 10.000 soldados soviéticos. La táctica seguida por los divisionarios era mantener una posición hasta que fuera detectada; entonces retranqueaban la línea y vuelta a empezar. Todo dependía de ellos porque sus aliados alemanes no se decidían a acudir. O se anticipaban y disparaban, o un enemigo numéricamente superior y que defendía su patria les machacaba sin miramientos. El viejo lema de la aviación española: "Vista, suerte y al toro", nunca tuvo mejor expresión en tierra.
Los alemanes, sorprendidos por la acometida soviética, dejaron pasar la mañana sin acudir en auxilio de la División 250. Probablemente pensaron que un contingente tan pequeño habría sucumbido ante la apisonadora de Zukov. Una vez sacrificados los voluntarios españoles, lo mejor era mantener la línea y reorganizar la defensa más atrás con regimientos alemanes. Al norte se encontraba la IV División de la SS Polizei, pero no podía moverse, por si los soviéticos cambiaban el curso de la ofensiva. La Luftwaffe no acudió hasta entrada la tarde, y poco después llegó la 212ª División de Infantería alemana.
Para entonces la batalla ya había terminado: 5.000 españoles con fusiles y metralletas habían cedido sólo tres kilómetros frente a 40.000 rusos armados hasta los dientes; es decir, que, contra todo pronóstico y hasta contra la misma lógica, los españoles habían vencido. Pero la victoria no había salido gratis: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos fue el precio que hubieron de pagar. Algunos fueron hechos prisioneros y conducidos hasta Leningrado, donde fueron interrogados por otros españoles, que luchaban para los rusos.
Zukov creía que, en Krasny Bor, Hitler había estrenado algún tipo de arma secreta y milagrosa. "Dice el coronel que le habéis causado más de 10.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y máuseres corrientes", le espetó un republicano español a un sargento de la División Azul capturado durante la batalla. El arma secreta y, más que milagrosa, correosa eran los divisionarios, hijos de la lejana España, herederos de una tradición milenaria que se cifra en resistir lo que haga falta a cualquier precio, con razón o sin ella, en Rusia o en Sierra Morena.
Meses después, cuando se había extendido por la Wehrmacht la leyenda de los bravos españoles que, a decir de Hitler, "apenas se protegen y desafían a la muerte", un oficial alemán confesó a un corresponsal en Berlín: "Los españoles, más que soldados, son guerreros". Los de Krasny Bor lo fueron, y de los buenos.
Fernando Díaz Villanueva
miércoles, 22 de febrero de 2012
La División Azul
Había leído en la historia que el soldado español era el mejor del mundo, y ahora, viéndolos en el frente ruso, lo he comprobado.
La división española lucha en primera línea sin interrupción, en uno de los sectores más dificiles y de decisiva importancia para los combates defensivos. De este modo la División Azul ha hecho el más alto honor a su Patria en la gran lucha anticomunista.
Cuando la División Azul regrese a España tendremos que expresar, tanto a ella, como a su bravo general, el reconocimiento debido a una lealtad y a una valentía llevadas hasta la muerte.
Adolf Hitler, Führer Canciller del III Reich
Jefe Supremo de la Wehrmacht.
La 250. Einheit spanischer Freiwilliger de la Wehrmacht, más conocida como la División Azul (Blaue Division, en alemán), fue una unidad de voluntarios españoles que sirvió entre 1941 y 1943 en la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial, principalmente en el Frente Oriental contra la Unión Soviética.
Origen
Aunque España no intervino oficialmente en la Segunda Guerra Mundial del lado de Alemania, Francisco Franco envió a jovenes voluntarios españoles para que se unieran al ejército alemán. De este modo, podía mantener la neutralidad española mientras simultáneamente compensaba a Hitler por su ayuda durante la Guerra Civil Española. El ministro de Asuntos Exteriores de la época, Ramón Serrano Súñer, creó un cuerpo militar, al principio de la Operación Barbarroja, y Franco envió una oferta oficial de la ayuda a Berlín. Hitler aprobó el uso de los reclutas españoles el 24 de junio de 1941. El reclutamiento se detuvo cuando se alcanzaron efectivos suficientes para formar una división (unos 18.000 hombres), cuyos elementos serían jefes y oficiales voluntarios provenientes del ejército regular ,reclutados en las jefaturas provinciales de toda España, estudiantes universitarios pertenecientes al SEU y mercenarios que aprovecharon los altos pagos que recibían tanto por parte del Estado español como del Alemán, coincidiendo con una época de dificultades económicas en España.
El 50 % de los oficiales y soldados eran militares de carrera, muchos de ellos falangistas veteranos de la Guerra Civil y estudiantes de las distintas universidades. El general Agustín Muñoz Grandes fue designado para conducir a los voluntarios durante su primer año. Posteriormente le sustituyó Emilio Esteban Infantes.
Los integrantes de la División Azul partieron de España con los uniformes de sus unidades de origen, del Ejército de Tierra o de las milicias de la FET y de las JONS. Al llegar a Alemania y recibir el uniforme de la Wehrmacht, los falangistas se negaron a dejar la camisa azul, que llevaban en sustitución de la reglamentaria, por lo que la división se empezó a conocer como "División Azul".
Uno de los personajes más interesantes de la División Azul fue José Miguel Guitarte, Consejero Nacional y IV Jefe nacional del Sindicato Español Universitario en el momento del alistamiento a la División Azul en julio de 1941. Otros dirigentes del SEU combatieron junto a Guitarte, fueron: Secretario General del SEU, Jesús Gutierrez del Castillo; Secretario General del Servicio Profesional, José María Moro y Martín-Montalbo; y el Secretario General del servicio Exterior, José Hernández Cuevas.
El 13 de julio de 1941 salió de Madrid el primer tren de españoles rumbo a Alemania. Tras cinco semanas de instrucción en el campamento de Grafenwöhr (Baviera) el grupo formado por estos se transformaría en la 250 división de infantería del ejército alemán, integrada inicialmente por tres regimientos de infantería y uno de artillería, con los numerales 262, 263, 269 y 250 respectivamente, más unidades divisionarias de anticarros, exploración, comunicaciones, zapadores y Cuartel General.
El 20 de agosto, tras prestar juramento de lealtad a Hitler (el cual se modificó especialmente para mencionar la lucha contra el comunismo), la División Azul fue enviada al Frente Ruso. Fue transportada en tren a Suwalki, Polonia, desde donde tuvo que continuar a pie. Después de avanzar hasta Smolensk, se desplegó en el sitio de Leningrado, donde pasó a integrarse en el XXXVIII Cuerpo de Ejército alemán, que formaba parte del XVI Ejército.
Contra el comunismo
Tras la invasión de Rusia por el ejército alemán el 22 de junio de 1941, surge la idea en España de enviar voluntarios al frente ruso. Con esta idea, se forman regimientos que del 12 al 20 de julio cruzan la frontera. Se instruyen, uniforman y arman en Grafenwör (Baviera), el 31 se jura la bandera y fidelidad al Führer, abandonando posteriormente el campamento y llegando en tren hasta Polonia. Desde Suwalki y Grodne, como la División 250 de la Wehrmacht, se inicia una marcha de 40 días por Wilna, Molodeschno, Minks, Orscha, Dubrowna llegando hasta Witebts. Desde aquí, en camiones y trenes llegan al frente del Wolchow para cumplir con su glorioso cometido de derrotar a la conspiración comunista mundial.
Bautismo de fuego
El 12 de octubre del 1941, Día del Pilar, la División Azul recibe su bautismo de fuego. El 15 de octubre se hace el reconocimiento de la zona "La Casa del Señor", el 18 empiezan las operaciones cruzando el río Wolchocw, estableciendo la "posición Navarro", ocupando Smeiko, Russa, Sitno y Tigoda. El 22 se atacan los cuarteles de Dubrowka, quedando casi aniquilado el batallón 250, "el día de la Tía Bernarda". El 27 se ocupa Nitkilino, produciéndose seguidamente ataques rusos. Los alemanes ocupan Schewelevo, Otenski, Possad y Wischera, que ceden a los españoles. La cabeza de puente sufre fuertes ataques rusos, especialmente en Pissad, que queda cercado a mediados de noviembre.
El 8 de diciembre se abandona la cabeza de puente volviendo a la orilla izquierda del río, evacuando Possad y Otenski; el 10 de diciembre Sitno, Tigoda y Nitkilino. El 11 Smeiko y la Posición Navarro. Se ocupa un frente desde Udarnik hasta el Lago Ilmen. Los rusos continúan atacando y el 27 de diciembre, cruzan el río entre Udarnik y Lubkowo, aplastando la Posición intermedia. A finales de diciembre de 1941 se cede este frente a los alemanes y en la nueva situación la punta del frente más al sur es Gorka.
Al principio del año 1942 los rusos atacan desde Leningrado las mesetas de Waldai, al sur del Lago Ilmen. Una guardición alemana, queda cercada. El 9 de enero en la División Azul se forma una compañía de esquiadores, que cruza el lago para ayudar a los alemanes y dicha compañía tiene casi el 90 % de bajas propias. Los rusos atacan continuamente la carretera de Schudowo. Una guerra de posiciones se desata hasta marzo de 1942, en el que los rusos rompen el frente por las líneas alemanas, formando la Bolsa de Wolchow que dura hasta junio. En una semana los españoles hacen 5.000 prisioneros.
Desempeño
El despliegue era el siguiente: el 262º Regimiento en el subsector de Nóvgorod; el 269º Regimiento cubría el subsector Norte con retaguardia en Podvereje y el 263º Regimiento en el subsector Centro y en el subsector del Ilmen, los Grupos Anticarro y de Exploración. El Regimiento de Artillería se posicionó al oeste de Nóvgorod, en donde quedó establecido el Cuartel General.
Desde su llegada al frente, en octubre de 1941, la División Azul sufrió fuertes pérdidas en el sitio de Leningrado, debidas tanto al combate como a la acción del frío. A partir de mayo de 1942 empezaron a llegar desde España más efectivos para cubrir las bajas y relevar a los combatientes heridos. Hasta 46.000 voluntarios sirvieron en el Frente del Este, de los cuales alrededor de unos 24.000 eran reclutas.
Después de la caída del frente en Stalingrado, la situación cambió y más tropas alemanas fueron desplegadas en relevo de las españolas. Esto coincidió con el cambio en el mando de la división, que fue asignado al general Emilio Esteban Infantes. Finalmente los aliados comenzaron a ejercer presiones sobre Franco para que retirase las tropas voluntarias. Las negociaciones iniciadas por éste a finales de 1943 concluyeron con una orden de repatriación escalonada el 10 de octubre.
Bajas
En total, de 45.000 á 47.000 soldados sirvieron en la División Azul en Rusia. Unos 5.000 de ellos fallecieron, y más de 8.600 fueron heridos, 2.140 quedaron mutilados (unas 16.000 bajas en total). 372 fueron hechos prisioneros de guerra por el ejército soviético. Sólo unos pocos lograron sobrevivir a los largos años de privaciones y trabajos forzados durante el cautiverio. Mientras que la mayor parte de los soldados alemanes, italianos, rumanos y de otras nacionalidades fueron puestos en libertad tras cinco años en los campos de internamiento, la mayor parte de los prisioneros de guerra españoles de la División Azul hubieron de esperar hasta 12 años. Los 220 hombres que sobrevivieron fueron repatriados de Odesa a España en 1954, llegando al puerto de Barcelona el 2 de abril en el barco Semíramis fletado por la Cruz Roja.
En mayo se iniciaron relevos con voluntarios de refresco hasta marzo de 1943. En agosto de este año la División cambia de frente, pasando al de Leningrado. En el Wolchow hubo 1400 muertos españoles. Tras la derrota de Stalingrado, los españoles ocupan un sector defensivo entre Puschkin y Salutz y Kolpino, atrincherado, con enemigo muy cerca con mucha artillería y tiradores especialistas. Dicho frente ocupa 29 km. de línea a 10 km. de Leningrado. Gran ofensiva rusa sobre el Lago Ladoga. Para ayudar a los alemanes en el sector de Mga, se envía un batallón del que quedan 20 hombres. El 10 de febrero se produce un fuerte ataque ruso a la ala derecha española con mucha y pesada artillería. El ataque desborda al frente, pero los rusos solo avanzan 5 km, hasta Krassnij-Bor. El 19 de marzo, se produce un fuerte ataque ruso que fracasa. Durante el verano se producen muchos golpes de mano. El 18 de julio los rusos bombardean el Cuartel General Divisionario, estando reunidos casi todos los generales y jefes. El 5 de octubre del año 1943, se produce la última acción de guerra de la División.
No obstante, aun quedaban en representación unos 1.800 hombres, que componen dos banderas de infantería y una bandera mixta, formando la Legión Española de Voluntarios. Tras breve estancia en los cuarteles de Hamburg, se incorporan al frente de la División Alemana número 121 el 20 de diciembre, ocupando 11 km. de frente en la zona de Kostowo. El frente alemán se derrumba. El 19 de enero de 1944 se inicia una retirada de siete días hasta Ljuban. Desde allí a Luga y luego a Janeda, Estonia.
Luchando hasta el final
Después de la disolución de la División Azul en 1943, llega desde España la orden de repatriación. El 15 de marzo se entregan las armas y el 21 de marzo de 1944 regresan a España. A pesar de esto, algunos soldados españoles rechazaron volver a España (entre 1.500 y 3.000 hombres) y parte de ellos se alistan a la Waffen SS.
Otros atravesaron la frontera española furtivamente por Lourdes, Francia. Las nuevas unidades fueron llamadas colectivamente la Legión Azul. Los españoles seguían siendo inicialmente parte de la 121ª División de Infantería, pero aun así se ordenó la repatriación de esta unidad en marzo de 1944, siendo transportada de nuevo a España el 21 de marzo.
El resto fueron reagrupados en otras unidades alemanas, como la 3ª División de Montaña y la 357ª División de Infantería. Otra unidad fue enviada a Letonia. Dos compañías se unificaron con el regimiento de los Brandemburgueses y la 121ª División alemana en Yugoslavia para luchar contra los partisanos de Tito. Cincuenta españoles entraron en los Pirineos para combatir a la resistencia francesa. La 101ª compañía Spanische Freiwilligen Kompanie der SS 101, de 140 hombres, compuesta por cuatro pelotones de fusileros y un pelotón de oficiales, fue unida a la 28ª División de Voluntarios Granaderos Valones de la SS, luchando en Pomerania contra el ejército soviético.
Más adelante, como parte de la 11ª División de Granaderos SS Nordland y al mando del SS-Hauptsturmführer Miguel Ezquerra, luchó los últimos días de la guerra contra tropas soviéticas en la batalla de Berlín.
600 voluntarios españoles de la SS se vieron diezmados hasta el número 200, los cuales fueron con la División Francesa SS Charle Magne y algunos restos dispersos de otras divisiones y la Hitlerjugend, los últimos defensores de la Cancillería del cercado Berlín.
Con esta batalla de Berlín, se puede dar por finalizadas las acciones de guerra de los Voluntarios españoles, que aunque oficialmente la División Azul se retiró en 1943, extraoficialmente tuvo su continuidad primero en la Legión Azul, y a partir de 1944, en las Waffen SS.
Condecoraciones
Concedidas a los soldados y los oficiales de la División Azul:
2 Cruces de Caballero (una con Hojas de Roble)
2 Cruces de oro
138 Cruces de Hierro de Primera Clase
2.359 Cruces de Hierro de Segunda Clase
visionblanca
viernes, 17 de febrero de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
Los últimos de Filipinas.
Los Últimos de Filipinas es el nombre por el que se conoce a los soldados del ejército español que lucharon en el sitio de Baler contra los independentistas filipinos, en la guerra creada por Estados Unidos para la conquista de las últimas colonias españolas en ultramar (Cuba y Filipinas), en lo que fue la Guerra Hispano-Estadounidense, también conocida en España como «el desastre del 98
martes, 17 de enero de 2012
Historia de los primeros españoles en América.
Docuemento muy interesante de los investigadores y escritores Carlos Canales y Fernando Martínez Laínez que hablan de los primeros españoles en América.
http://www.rtve.es/alacarta/ audios/espacio-en-blanco/ espacio-blanco-segunda-hora- 31-12-11/1284905/
http://www.rtve.es/alacarta/
sábado, 7 de enero de 2012
lunes, 2 de enero de 2012
La Toma de Granada por el historiador Luis Suárez.
Sabemos lo mucho que se escribe en contra de la Toma de Granada. La mayor parte de sus detractores lo hacen por acomodarse a una tendencia, la que marca el pensamiento políticamente correcto que pretende que censuremos nuestra historia, avergonzándonos de nuestro pasado. Los que salen ganando con ello son aquellos que, en el siglo XXI, todavía esgrimen títulos de legitimidad para apropiarse de Granada (nos preguntamos: ¿y si Granada se convierte en Medina islámica qué se supone que habremos de hacer los que estamos orgullosos de ser españoles?
Muchos españoles parece que no lo son. Nos referimos a todos aquellos que que se han puesto de parte de esa versión de la historia que supone que, con la Toma de Granada, un "paraíso" de libertades y esplendor cultural -islámico- desapareció. Censuran la fiesta de la Toma como una agresión al principio de tolerancia y multiculturalidad que ellos se han encargado de erigir en principio rector de la vida pública. Por eso se han empeñado en cambiarle tantas veces el nombre a ese 2 de enero que celebramos en Granada: fiesta de la tolerancia y fiesta de las culturas.
Pero, ¿qué dicen los historiadores? ¿qué es lo que dicen los estudiosos dignos de crédito del auténtico significado de la Toma de Granada?
En estos días, vamos a ofrecer algunos pasajes de historiadores solventes, para que nos aclaren el valor de la Toma de Granada.
Empezamos con Luis Suárez, eminente historiador que ha sido reconocido, a lo largo de su vida entregada a la ciencia histórica, con honores tan señalados como: Premio Nacional de Historia de España (2001), Gran Cruz al Mérito Civil, Gran Cruz de Isabel la Católica, Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, Encomienda de la Orden de Enrique o Navegador de Portugal. Correspondiente de la Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona, Académico Emérito de la Real Academia de Portugal, Miembro de la Comisión Permanente de los Congresos de Historia de la Corona de Aragón y Vocal del Comité Español de Ciencias Históricas. Esto dice de la Toma de Granada:
"Y así llegamos al año clave de 1492, el de Granada, el de América y el de la Gramática de Nebrija. El confesor de la Reina, fray Hernando de Talavera, fue nombrado obispo de Granada con la importante tarea de procurar la conversión de los muy numerosos musulmanes que permanecían en aquel reino (...) Los monarcas, que habían unido en su soberanía reinos diversos de España e Italia, querían proporcionar a este esquema un valor fundamental, la unidad religiosa que conducía también al reconocimiento de la profunda dignidad de que se halla revestida la naturaleza humana: una Monarquía católica, como lo eran ellos mismos. Así lo habían acordado con los Papas Sixto e Inocencio a través de los legados enviados precisamente con este fin. El catolicismo romano sería vehículo de unidad para todos los súbditos, por lo que debía suprimirse el culto a las otras religiones; esta tarea resultaba compleja por la importante cantidad de judíos y de musulmanes amparados por las disposiciones vigentes."La unidad religiosa no era una cuestión fácil, pero no había otro camino si se quería restablecer en toda su grandeza la civilización occidental, fundada sobre tres elementos -según indica el sabio historiador Luis Suárez: la trascendencia heredada de Israel, el ius que es patrimonio romano y el valor de la persona humana que había defendido el helenismo. O sea, Europa... La cual no se entiende sin el cristianismo, siendo el judaísmo y el islam elementos extraños.
(La construcción de la cristiandad europea, Luis Suárez, editorial Homolegens.)
jueves, 22 de diciembre de 2011
El pucherazo del Frente Popular en 1936
El pucherazo del Frente Popular en 1936
Por Pedro Fernández Barbadillo
La edición de las verdaderas memorias de Niceto Alcalá Zamora, robadas en 1937 por el Gobierno del Frente Popular de la caja de seguridad de un banco madrileño, en la que su dueño las había guardado, permiten reconstruir las elecciones de 1936. La izquierda se hizo con la mayoría absoluta en las Cortes primero a tiros y palos, y después en la comisión de actas. |
En realidad no hubo un solo pucherazo, sino dos, más un golpe de estado parlamentario; y mientras tanto, en las calles las bandas de matones de la izquierda se dedicaban a los actos revolucionarios del saqueo, el incendio y el crimen político. Los pucherazos se produjeron en las parlamentarias de febrero –celebradas en dos vueltas– y en la revisión de los resultados en la comisión de actas de las Cortes, en marzo; el golpe parlamentario fue la destitución inconstitucional de Alcalá Zamora, en abril.
De las dos elecciones más importantes de los años 30, las municipales de 1931 y las parlamentarias de 1936, no tenemos los datos oficiales, porque los Gobiernos, ambos de centro-izquierda, no los dieron, lo que hace sospechar de su legitimidad. Los resultados se reconstruyeron en las décadas posteriores. En el caso de las elecciones del 12 de abril de 1931 se dan las cifras de 22.000 concejales monárquicos y 5.700 de las listas de la conjunción republicano-socialista, aparte de los correspondientes al PNV, la Liga Regionalista catalana y la Esquerra Republicana de Cataluña. La caída de la Monarquía se debió no a las urnas, sino a la desmoralización del rey y sus cortesanos y a las maniobras golpistas de los socialistas y los republicanos burgueses.
Las Cortes más democráticas, disueltas antes de plazo
Las elecciones de 1936 se celebraron después de que el presidente de la República, el exministro de Alfonso XIII (de Fomento y Guerra) Niceto Alcalá Zamora, dictase la disolución de las Cortes elegidas en noviembre de 1933, en las que la CEDA, la coalición de derechas, obtuvo 115 diputados, mientras que el PSOE consiguió sólo 59. Las izquierdas y Manuel Azaña trataron de que Alcalá Zamora impidiese la apertura de esas Cortes, a las que consideraban ilegítimas, pero éste se negó. Sin embargo, sí obstaculizó el funcionamiento de las Cortes, hasta el punto de que el 7 de enero de 1936 recurrió a su facultad constitucional de disolverlas (lo podía hacer dos veces durante su mandato de seis años).
Las primeras Cortes ordinarias de la República, elegidas en lo que el historiador Stanley Payne considera las elecciones más libres y transparentes registradas en España hasta entonces (las primeras en las que participaron las mujeres, por cierto), duraron sólo dos de los cuatro años previstos.
La reciente publicación de la primera parte de las memorias inéditas de Alcalá Zamora, recuperadas en 2008 gracias a la intervención de los historiadores César Vidal y Jorge Fernández-Coppel, aporta más datos sobre el pucherazo de la izquierda, sobre todo del PSOE, en las elecciones de febrero.
Los burgueses quieren favorecer a la izquierda
Tanto Alcalá Zamora como el presidente de Gobierno que él había nombrado, el masón y sexagenario Manuel Portela (que también había sido ministro de la Monarquía, en 1923, y que en la guerra se ofrecerá a los nacionales y a los rojos como personalidad de prestigio), estaban convencidos de la victoria de la coalición de derechas, el Frente Nacional Contrarrevolucionario; hasta el punto de que el primero aconsejó al segundo echar una mano a las candidaturas de izquierdas. Así lo explica en esta frase (gramaticalmente incorrecta, por cierto):
Los primeros resultados que se conocieron fueron los de las ciudades de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao y Sevilla, donde el Frente Popular quedó primero; eso, más los tumultos perfectamente preparados (Alcalá Zamora reconoce que el PSOE había elaborado listas negras), amedrentó a las derechas y a las autoridades. El mismo Alcalá Zamora, que se negó a declarar el estado de guerra para no provocar a la izquierda ni justificar "un golpe de estado reaccionario", su gran miedo, cuenta que su mujer se trasladó al Palacio de Oriente para evitar cualquier ataque.
El cobarde Portela dimitió y el 19 de febrero Alcalá Zamora encargó la presidencia del Gobierno a Manuel Azaña, sin que siquiera se hubieran comunicado los resultados oficiales de la primera vuelta. Desde el Gobierno, el Frente Popular dirigió la segunda vuelta.
Los documentos de las memorias robadas
La Secretaría General de la Presidencia de la República elaboró para el presidente un promedio de los votos obtenidos por las candidaturas el día 16, que es una de las novedades de este libro:
– Izquierda: 4.358.903.
– Centro y PNV: 556.010.
– Derecha: 4.155.126.
Entre los dos bloques había una diferencia en sufragios de 203.000. A la vista de las violencias ejecutadas por las bandas de pistoleros de las izquierdas cabe preguntarse si el Frente Popular no habría quedado por debajo del Frente Nacional de haber sido completamente libres las elecciones.
Otra de las novedades son las previsiones del reparto de actas entregado a Alcalá-Zamora en las horas posteriores a las elecciones por el Gobierno de Portela y que muestran una mayoría para las derechas:
– CEDA: 134, más incluso que los 115 obtenidos en 1933.
– Ministeriales (el centro montado por Alcalá-Zamora y Portela): 115.
– PSOE: 55, cuatro menos que en la legislatura anterior.
– Izquierda Republicana: 56.
– Renovación Española: 23, en auge.
– Liga: 20.
– Comunistas: 2.
– Falange: 1.
– PNV: 7.
Por muy desigual que fuera la ley electoral elaborada por las Cortes de Azaña y el PSOE, la diferencia de votos auténtica no habría dado una distancia tan grande en diputados entre ambos bloques como la que quedó tras la segunda vuelta.
El 24 de febrero Manuel Becerra, que fue ministro de Justicia en el último Gobierno de Portela, le dijo a Alcalá-Zamora que al menos cincuenta actas cambiaron de la derecha a la izquierda durante el primer pucherazo.
El escándalo de la comisión de actas
El segundo tuvo lugar con la Cortes ya abiertas, lo que ocurrió el 17 de marzo: se formó una comisión para la revisión de las actas discutidas presidida por el socialista Indalecio Prieto. De las 456 actas presentadas, sólo 187 no tenían protesta de legitimidad. A los debates de la comisión los precedió una campaña de desprestigio de la prensa de izquierdas. El Socialista de 20 de marzo escribió: "Ni un solo diputado de derechas puede afirmar que alcanzó limpiamente su escaño".
En esa comisión el Frente Popular, con el respaldo del PNV, robó un puñado más de escaños a la derecha: la CEDA pasó de 101 diputados a 88 y el PSOE subió de 88 a 99. Así cambiaron de siglas 32 actas, que fueron en su mayoría a la izquierda. Además, se anularon las elecciones en dos provincias donde la derecha había ganado, Cuenca y Granada, y se ordenó que se repitieran en mayo. Ante la violencia de las bandas socialistas y comunistas, las derechas renunciaron a presentarse en Granada, donde los milicianos detenían en las calles a sus adversarios, y el Frente Popular ganó en Cuenca.
Al final del proceso, el Frente Popular, unido al Frente d’Esquerres catalán, superaba los 280 diputados.
Una vez construida una mayoría absoluta con fraudes y tiros, la misión de esas Cortes ilegítimas fue la destitución de Alcalá Zamora por un mecanismo inconstitucional. El 8 de abril de 1936, veinte meses antes de cumplir su mandato, el abogado andaluz fue destituido por la misma izquierda a la que tanto había ayudado, al disolver las Cortes con mayoría de derechas (a las que calificó de "Parlamento fernandino") y ordenar a Portela que procurase favorecer a los candidatos del Frente Popular. Sólo cinco diputados votaron en contra de su remoción.
De las dos elecciones más importantes de los años 30, las municipales de 1931 y las parlamentarias de 1936, no tenemos los datos oficiales, porque los Gobiernos, ambos de centro-izquierda, no los dieron, lo que hace sospechar de su legitimidad. Los resultados se reconstruyeron en las décadas posteriores. En el caso de las elecciones del 12 de abril de 1931 se dan las cifras de 22.000 concejales monárquicos y 5.700 de las listas de la conjunción republicano-socialista, aparte de los correspondientes al PNV, la Liga Regionalista catalana y la Esquerra Republicana de Cataluña. La caída de la Monarquía se debió no a las urnas, sino a la desmoralización del rey y sus cortesanos y a las maniobras golpistas de los socialistas y los republicanos burgueses.
Las Cortes más democráticas, disueltas antes de plazo
Las elecciones de 1936 se celebraron después de que el presidente de la República, el exministro de Alfonso XIII (de Fomento y Guerra) Niceto Alcalá Zamora, dictase la disolución de las Cortes elegidas en noviembre de 1933, en las que la CEDA, la coalición de derechas, obtuvo 115 diputados, mientras que el PSOE consiguió sólo 59. Las izquierdas y Manuel Azaña trataron de que Alcalá Zamora impidiese la apertura de esas Cortes, a las que consideraban ilegítimas, pero éste se negó. Sin embargo, sí obstaculizó el funcionamiento de las Cortes, hasta el punto de que el 7 de enero de 1936 recurrió a su facultad constitucional de disolverlas (lo podía hacer dos veces durante su mandato de seis años).
Las primeras Cortes ordinarias de la República, elegidas en lo que el historiador Stanley Payne considera las elecciones más libres y transparentes registradas en España hasta entonces (las primeras en las que participaron las mujeres, por cierto), duraron sólo dos de los cuatro años previstos.
La reciente publicación de la primera parte de las memorias inéditas de Alcalá Zamora, recuperadas en 2008 gracias a la intervención de los historiadores César Vidal y Jorge Fernández-Coppel, aporta más datos sobre el pucherazo de la izquierda, sobre todo del PSOE, en las elecciones de febrero.
Los burgueses quieren favorecer a la izquierda
Tanto Alcalá Zamora como el presidente de Gobierno que él había nombrado, el masón y sexagenario Manuel Portela (que también había sido ministro de la Monarquía, en 1923, y que en la guerra se ofrecerá a los nacionales y a los rojos como personalidad de prestigio), estaban convencidos de la victoria de la coalición de derechas, el Frente Nacional Contrarrevolucionario; hasta el punto de que el primero aconsejó al segundo echar una mano a las candidaturas de izquierdas. Así lo explica en esta frase (gramaticalmente incorrecta, por cierto):
Con motivo de ser hoy la proclamación de candidatos, se confirma y acentúa cuán lejos de vocingleras e impacientes ilusiones están las posibilidades de la izquierda, a pesar de que Portela promete, y yo se lo aconsejo reiteradamente, procure no quitarles un acta y aun favorecerles lícitamente en cuanto pueda.La misma tarde del día de las votaciones, los militantes de izquierdas salieron armados en cuadrillas y causaron tal terror, que numerosos alcaldes y concejales huyeron y varios gobernadores civiles dimitieron. Los izquierdistas aprovecharon el vacío de poder para manipular la documentación electoral y preñar las urnas. Fue el caso de Cáceres, donde ganó la CEDA, pero la izquierda convirtió en vencedora a la candidatura del Frente Popular, encabezada por José Giral.
El cobarde Portela dimitió y el 19 de febrero Alcalá Zamora encargó la presidencia del Gobierno a Manuel Azaña, sin que siquiera se hubieran comunicado los resultados oficiales de la primera vuelta. Desde el Gobierno, el Frente Popular dirigió la segunda vuelta.
Los documentos de las memorias robadas
La Secretaría General de la Presidencia de la República elaboró para el presidente un promedio de los votos obtenidos por las candidaturas el día 16, que es una de las novedades de este libro:
– Izquierda: 4.358.903.
– Centro y PNV: 556.010.
– Derecha: 4.155.126.
Entre los dos bloques había una diferencia en sufragios de 203.000. A la vista de las violencias ejecutadas por las bandas de pistoleros de las izquierdas cabe preguntarse si el Frente Popular no habría quedado por debajo del Frente Nacional de haber sido completamente libres las elecciones.
Otra de las novedades son las previsiones del reparto de actas entregado a Alcalá-Zamora en las horas posteriores a las elecciones por el Gobierno de Portela y que muestran una mayoría para las derechas:
– CEDA: 134, más incluso que los 115 obtenidos en 1933.
– Ministeriales (el centro montado por Alcalá-Zamora y Portela): 115.
– PSOE: 55, cuatro menos que en la legislatura anterior.
– Izquierda Republicana: 56.
– Renovación Española: 23, en auge.
– Liga: 20.
– Comunistas: 2.
– Falange: 1.
– PNV: 7.
Por muy desigual que fuera la ley electoral elaborada por las Cortes de Azaña y el PSOE, la diferencia de votos auténtica no habría dado una distancia tan grande en diputados entre ambos bloques como la que quedó tras la segunda vuelta.
El 24 de febrero Manuel Becerra, que fue ministro de Justicia en el último Gobierno de Portela, le dijo a Alcalá-Zamora que al menos cincuenta actas cambiaron de la derecha a la izquierda durante el primer pucherazo.
El escándalo de la comisión de actas
El segundo tuvo lugar con la Cortes ya abiertas, lo que ocurrió el 17 de marzo: se formó una comisión para la revisión de las actas discutidas presidida por el socialista Indalecio Prieto. De las 456 actas presentadas, sólo 187 no tenían protesta de legitimidad. A los debates de la comisión los precedió una campaña de desprestigio de la prensa de izquierdas. El Socialista de 20 de marzo escribió: "Ni un solo diputado de derechas puede afirmar que alcanzó limpiamente su escaño".
En esa comisión el Frente Popular, con el respaldo del PNV, robó un puñado más de escaños a la derecha: la CEDA pasó de 101 diputados a 88 y el PSOE subió de 88 a 99. Así cambiaron de siglas 32 actas, que fueron en su mayoría a la izquierda. Además, se anularon las elecciones en dos provincias donde la derecha había ganado, Cuenca y Granada, y se ordenó que se repitieran en mayo. Ante la violencia de las bandas socialistas y comunistas, las derechas renunciaron a presentarse en Granada, donde los milicianos detenían en las calles a sus adversarios, y el Frente Popular ganó en Cuenca.
Al final del proceso, el Frente Popular, unido al Frente d’Esquerres catalán, superaba los 280 diputados.
Una vez construida una mayoría absoluta con fraudes y tiros, la misión de esas Cortes ilegítimas fue la destitución de Alcalá Zamora por un mecanismo inconstitucional. El 8 de abril de 1936, veinte meses antes de cumplir su mandato, el abogado andaluz fue destituido por la misma izquierda a la que tanto había ayudado, al disolver las Cortes con mayoría de derechas (a las que calificó de "Parlamento fernandino") y ordenar a Portela que procurase favorecer a los candidatos del Frente Popular. Sólo cinco diputados votaron en contra de su remoción.
sábado, 26 de noviembre de 2011
Ramiro Ledesma: En Memoria
Con este video queremos homenajear a Ramiro Ledesma Ramos a quien dedicamos la campaña del Nudo Patriota Español (NPe) del mes de Octubre del año pasado.Una víctima más de la barbarie marxita. Tal vez la mejor definición de la muerte de Ramiro la diera Ortega y Gasset, antiguo maestro, cuando se enteró de ella en París: “no han matado a un hombre, han matado a un entendimiento”.
viernes, 25 de noviembre de 2011
La solución, por Onésimo Redondo
La solución.
Publicamos un artículo de Onésimo Redondo en su revista Libertad. Para apreciar el paralelismo entre el artículo de Onésimo y la situación política actual basta con sustituir la palabra marxista por la de socialista, término hoy aparentemente más moderado que el de marxista, pero igual de desastroso para España que en la década de 1.930.
Como entonces, España hoy funciona por inercia. Sin rumbo, sin nadie que la dirija y dejándose llevar en medio del caos. Pronto España, si no ocurre ya, será gobernada desde fuera.
Onésimo Redondo propone una solución. Una solución que también proponía Ramiro Ledesma en el escrito que publicamos en esta sección la pasada semana. Vayan tomando nota de ello nuestros demopatriotas y, desde luego, en todo caso abandonen la reivindicación de ortodoxia ideológica alguna si no comparten la solución que plantean tanto Ramiro como Onésimo.
LA SOLUCIÓN
Cuando en la confusión de una catástrofe de tierra o mar el pasaje, alocado por la tragedia, se pregunta qué solución cabe en medio de ella, no es inverosímil que el motor del vehículo, aunque averiado, continúe su ritmo impertinente, inút11, como una nota de sarcasmo puesta en medio de la angustia general.
Tal sucede hoy en el cuadro de las tristezas españolas. El motor del Estado, con su Parlamento impertinente, su ritmo ministerial rutinario y enfermizo y su coro: de prensa servil y aun de “malditos”, reclutados entre el pueblo, se esfuerzan en mantener una sarcástica apariencia de normalidad. No nos engañemos: la catástrofe es real y a todos alcanza. El daño causado al pueblo por la hipócrita voracidad parlamentario-socialista es tan cuantioso que afecta a todos los componentes de la economía y a todos los prestigios de civilización. Y es tan rápido que, por vestir el negro color de la tradición, clama contra los culpables la pronta ejemplaridad de un castigo sangriento. Es necio que el espíritu generoso ciudadano conceda nueva confianza al sistema desbaratador de nuestro patrimonio de civilización y riqueza, como sería imbécil conceder plazo o tolerancia a los malhechores adueñados de la propia finca. Hay que preguntarse, como lo hace en realidad el país, volviendo la espalda con asco a los traidores, ¿cuál es la solución?.. De ninguna manera una reincidencia perenne en el parlamentarismo. No podemos confiar en el sufragio universal, como institución perpetua, porque es el origen de los males, que no se eliminarán mientras subsista el fracasado sistema liberal: el sufragio es la alegre viña del escándalo, donde el más despreocupado hace mejor negocio, cambiando votos por meras palabras. En este campo, abonado para todas las traiciones, prospera la hidra marxista, que sin el barullo de las elecciones muere por asfixia.
La desgracia, el enemigo nacional, es el marxismo. Y de éste no se libra el país sino por extirpación voluntariosa, desalojando del país, por traidores y disolventes, sus propagandas : la solución está, pues, en una dictadura antimarxista. No es extraño que a muchos sorprenda y decepcione esta palabra, tomándola, como hasta aquí se ha hecho, por un recurso desesperado, por una militarada en la que el remedio se encomienda, cobardemente, a la taumaturgia imposible de un general.
No es eso: nada de dictaduras autocráticas, personales, y mucho menos de clase, ni obrera ni burguesa. Hablamos de una dictadura popular, del pueblo. Un gobierno fuerte, ganado en la calle por la lucha franca, impuesto férreamente por el arte de los patriotas y por la adhesión del pueblo, y poseedor no de unas fórmulas mediocres de paz y buena voluntad, sino de un querer histórico y total para encaminar a la raza por nuevos rumbos de grandeza; poseedor también de una concepción económica radical que cancele el problema de las clases, reforzando desde el primer momento la producción, sin necesidad de una hecatombe previa, como necesita el marxismo.
Este movimiento no se trama en camarillas ni en cuartos de banderas: no se implanta por resorte, sin previa noticia ciudadana. Tampoco es necesariamente estéril como las dictaduras de ese tipo.
Se gana en la calle como decimos, arrojando, cueste lo que cueste, la máscara de la cobardía que nos tiene ignominiosamente sujetos a la procaz dictadura marxista, marchando abiertamente a liberar al pueblo de la engañosa disciplina con que las fuerzas internacionales -antinacionales explotan su ingenua fe y entretienen su miseria creciente.
¡Queremos una dictadura nacional, de origen popular, que liquide el mito histórico del parlamentarismo y extirpe del suelo patrio la traición marxista!
( Libertad, núm. 18, 12 de octubre de 1931.)
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Lo que no se dice del franquismo.
El problema de los acontecimientos históricos es que debe pasar mucho tiempo para que puedan ser estudiados con objetividad y sin injerencias sentimentales o intereses político-económicos de por medio. A Napoleón se le estudia con bastante objetividad; vivió hace doscientos años. Sin embargo, existen muchos acontecimientos más recientes (como la Guerra Civil española o la II Guerra Mundial) sobre los que aun se cierne una manta de censura, desinformación y subjetividad, puesto que estos hechos históricos están todavía hoy envueltos en una red de poderosos intereses y sentimentalismos de carácter irracional y cuasi-religioso.
Actualmente, el franquismo es sin duda de los mayores tabúes del 15-M y otros grupúsculos residuales de la extrema izquierda que intentan secuestrar el sentimiento popular de indignación. Pero mirando hacia el siglo pasado con la objetividad de quienes nunca vivieron a Franco y sólo juzgan los hechos, encontramos que el franquismo tuvo tics económicos claramente socialistas (de hecho, mucho más que el actual gobierno del PSOE), además de actuaciones nacionalistas y anti-globalización:
• No reconocer al Estado de Israel. Abstenerse en 1948 de votar en la ONU sobre la formación de dicho Estado. Esto le costó a España que Israel presionase a los angloamericanos para invadir nuestro país después de la II Guerra Mundial.
• Saltarse el bloqueo a Cuba. ”Quien posee la isla de Cuba tiene la llave del Nuevo Mundo”, decía Felipe II. España fue el único país del mundo que violó el embargo internacional sobre La Habana, mandando víveres a Cuba. Esto nos costó un barco atacado y tres marinos muertos por fuerzas anticastristas sostenidas por la CIA. En 1975, Fidel Castro decretó tres días de luto cuando murió Franco (cosa que no hizo cuando murió Mao Zedong), y en 1992, visitó al político ex-franquista Manuel Fraga en su pazo gallego. Fidel Castro incluso ha declarado que “Franco se portó espléndidamente con Cuba. La posición de Franco fue intachable”. Los perroflautas que llevan camisetas del Ché tampoco saben que Ernesto Guevara visitó Madrid durante el franquismo. Estos curiosos lazos con la Cuba socialista, que evidencian que la geopolítica a menudo supera a las ideologías, nunca son recordados por la actual “izquierda” española. Mucho después de la derrota de 1898 a manos de Estados Unidos, España puede ejercer un contrapeso al poder norteamericano en Iberoamérica, y si no lo hace, se debe a la pérdida de nuestra soberanía nacional. La “leyenda negra”, propagada por la anglosfera, es un intento de recortar los tentáculos geopolíticos españoles en Ultramar, para dejarle manos libres a Washington en su aplicación de la Doctrina Monroe: “América para los (norte)americanos”.
• Apoyo a los países árabes enfrentados con Israel. La España franquista mantuvo cordiales relaciones diplomáticas con Estados árabes asociados con la URSS ―como Egipto, Siria, Líbano, Iraq, Libia y Jordania―, llegando a suministrar armas a algunos de estos regímenes. En los años 50-60, Hispano-Aviación vendió reactores de combate (Saeta) y cazas supersónicos (HA-300) al Gobierno egipcio, y todavía en pleno 1983, la española ENASA le vendió a El Cairo infinidad de camiones militares, autobuses y blindados (BMR). También es un hecho muy poco conocido que, en 1974, Franco condecoró con la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica al mismísimo Saddam Hussein. Las buenas relaciones entre el franquismo y los diversos socialismos árabes llegaron a preocupar seriamente al Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, que buscaba sostener la “atlanticidad” del Mediterráneo a través de Gibraltar, Marruecos, Malta, Chipre, Turquía e Israel.
• Negarle a Estados Unidos el uso de sus bases militares en España durante el conflicto israelí con los árabes (Guerra del Yom Kippur) en 1973. Esta guerra causó un embargo petrolero, una grave crisis financiera y escasez de combustible en los mercados occidentales, suponiendo el fin de la era del petróleo barato.
• Creación de la JEN (Junta de Energía Nuclear, actual CIEMAT), para lograr un Estado soberano en lo energético, siguiendo el ejemplo de la Francia de De Gaulle. Además, Franco jamás firmó el Tratado de No Proliferación nuclear. Esto, la crisis árabe, las buenas relaciones con Cuba y las pretensiones con la bomba atómica, le costaron la vida a Carrero Blanco. Su asesinato se realizó por medio de Henry Kissinger, la CIA, ETA, la embajada estadounidense y una base militar norteamericana. La agencia soviética TASS, que no puede ser acusada de franquista, informó que “la CIA ha asesinado a un político franquista de tendencia nacionalista que se niega a entrar en la OTAN y a cumplir ciegamente las órdenes de Washington”. Por aquel entonces, los estadounidenses sabían que España estaba a 10 años de conseguir “la bomba”, pero que con ayuda de Francia (otra potencia que no había firmado el Tratado de No-Proliferación), podía tenerla en dos años. España (después de Francia, el segundo país de Europa con mejor acceso a materias primas necesarias para fabricar la bomba atómica) planeaba detonar una bomba en el Sahara Occidental, como prueba y como advertencia, tanto a Marruecos como al eje atlantista. La última oportunidad de España de ser potencia nuclear se perdió el 23 de Febrero de 1981, con la intentona del golpe de Estado y la firma de un acuerdo con la Organización Internacional de Energía Atómica. Felipe González firmaría el Tratado de No-Proliferación en 1987.
• Denunciar a la masonería y al sionismo como causantes de buena parte de la discordia en el mundo.
• Mantener el Sahara Occidental lejos de la zarpa de las potencias atlantistas. Esto duró hasta que Hassan II, con ayuda de la CIA, lanzó la Marcha Verde, mientras Franco yacía moribundo en un hospital. El mundo guarda completo silencio hasta hoy ante los atropellos de los tan cacareados “derechos humanos” en el caso del pueblo saharaui. La soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental no está reconocida por ningún Estado, pero sigue vigente de facto y forma parte de los inquietantes conflictos no-resueltos que salpican la geografía del mundo.
• Apoyar a los bereberes rifeños durante la revuelta del Rif en 1958, en la que la población local, inspirada por Franco y el líder egipcio Nasser, se alzó contra las tropas marroquíes. La revuelta fue sofocada con ayuda francesa y napalm, fósforo blanco, bombas de fragmentación, limpiezas étnicas y torturas. Finalizó con ocho mil muertos y décadas de salvajes represalias por parte de la monarquía alahuita.
• Identificación del Estado con una ideología (el nacional-catolicismo, con influencias falangistas y nacional-sindicalistas) que, con todos sus defectos y miopías, al menos proporcionaba un mínimo de cohesión social.
• Autarquía. Crear infraestructuras agrarias, ganaderas e industriales, con vistas a convertir a España en un país autárquico no-dependiente de la red global. Aunque la “etapa autárquica” finalizó teóricamente en 1956, España siguió manteniendo una autarquía muy superior a la que tiene ahora.
• Nacionalización de grandes empresas y recursos estratégicos.Petróleo, telefonía, electricidad, telecomunicaciones y otras empresas de sectores estratégicos, en manos nacionales (Repsol, Renfe, Telefónica, Unión Fenosa, Endesa, Iberia, TVE, RNE, Banco Central de España, etc.). Plan de estabilización de 1959, con la creación de compañías industriales como PEGASO y SEAT (gracias a esto, Japón fue el único país del mundo que superó a España en crecimiento económico de 1959 a 1974, y España llegaría a ser la novena potencia económica del mundo). Durante el Felipismo, se comenzó a privatizar estas empresas, luego con el Aznarato el proceso se aceleró, y ahora con el hundimiento económico de España, cabe esperar que las privatizaciones se generalicen (como la venta de las loterías del Estado a la familia Rothschild en 2010). Esto equivale a una privatización de las ganancias y una socialización de las pérdidas, ya que estas empresas reparten sus beneficios a los accionistas y sus pérdidas al resto de la sociedad.
• Ayudas públicas: seguridad social, pagas extra, trienios, vacaciones pagadas, Instituto Nacional de la Vivienda, Ministerio de Vivienda, indemnizaciones por despido, contratos fijos, etc. Las políticas sociales y laborales del franquismo, su doctrina de “pan y trabajo”, crearon a la clase media española, la misma que está siendo ahora liquidada por la crisis. Actualmente se usa al erario público para financiar a la banca privada, pagar deudas internacionales y mantener a criminales, banqueros, inmigrantes, políticos, gitanos, megaempresarios y otros parásitos sociales.
• Apoyo a la familia. Incentivos a la natalidad, préstamos por nupcialidad, premios a familias numerosas, propaganda a favor de los hijos y de los valores familiares. Con ello, se cimentaban los lazos del individuo con sus propios semejantes y se construía un bastión cerrado ante el avance de los valores individualistas y egoístas del capitalismo neoliberal.
• Servicio Militar Obligatorio. Institución donde se mezclaban personas de todos los orígenes, condiciones y extracción social, y donde más de un pijo tuvo que agachar la cabeza ante algún sargento hijo de labradores. El SMO mantenía un lazo entre el pueblo español y las Fuerzas Armadas, lo cual garantizaba que las FAS nunca se volviesen en contra del pueblo. Éste es el motivo por el que el comunista español Julio Anguita fue de los pocos hombres que se opusieron a la profesionalización del Ejército.
• El problema de la oligarquía española. Es cierto que durante el franquismo prosperó la actual oligarquía económica, pero esta oligarquía —que siempre se ha adaptado a los tiempos para seguir beneficiándose— ya existía antes del franquismo, sigue existiendo ahora y seguirá existiendo después indefinidamente, a menos que se opere una revolución total del sistema económico y de nuestra escala de valores. Las castas económicas son muy endogámicas y tienden a ponerse siempre del lado del ganador, intentando seducirlo, como hizo siempre la Iglesia a lo largo de la historia. Esta táctica pelotillera y diplomática es lo único que les garantiza a este tipo de instituciones (Mercado, Templo) el sobrevivir a las guerras y a los cambios de régimen (Palacio). Por poner un ejemplo, el grupo PRISA de Polanco fue pro-franquista durante el franquismo, anti-franquista ahora, y en el futuro será lo que desee el régimen de turno, con tal de que a cambio pueda mantener su negocio en marcha.
Fuente: Blog Europa Soberana – Crisis Española III
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