miércoles, 24 de noviembre de 2010

El Duque de Alba.

Sirvió a las órdenes de Carlos V y Felipe II, triunfó en Italia y Alemania, sometió a las provincias díscolas de los Países Bajos, organizó las campañas de Lepanto y San Quintín, y apuntaló la unificación de los tronos de España y Portugal. Tales fueron los méritos del segundo duque de Alba, el hombre que forjó con su ejército el futuro de España durante el siglo XVI. Admirado por unos y odiado por otros, pero siempre temido y respetado.

Fernando Álvarez de Toledo, tal fue su nombre, nació el 29 de octubre de 1507 en el convento de Piedrahita, nada menos que en el seno de una de las familias más importantes de la aristocracia castellana, la de Alba, nombre prestado de la pequeña localidad salmantina de Alba de Tormes, auténtico pilar desde 1369 de la fortuna familiar. Además de duque de Alba, el padre de Fernando, Fadrique Álvarez de Toledo, también ostentaba los títulos de marqués de Coria, conde de Salvatierra y Piedrahita y señor de Valdecorneja.

La gran suerte de los Alba había consistido en unirse a la facción de Isabel y Fernando en la batalla de Toro de 1476, con cuya victoria vieron incrementados sus privilegios y territorios, además de su prestigio, el mismo que les llevó a ocupar cargos muy altos e influyentes en la Corte de los Reyes Católicos, primero, y del emperador Carlos V, después. Y es que en aquel tiempo el honor de una familia se medía por su servicio y obediencia a la Corona, y en ello los Alba siempre fueron el ejemplo a seguir.

Por esa lealtad, Fernando quedó huérfano a los tres años de edad, al morir su padre en la campaña de Trípoli de 1510, un inmenso desastre en el que perecieron más de 4.000 soldados. De tan prematura muerte, Fernando desarrollaría un fuerte apego familiar y una confianza ciega en sus propias decisiones. Su abuelo, el duque Fadrique, se ocuparía de su formación llevándolo consigo a todas partes, incluso al campo de batalla, para curtirlo como soldado y militar. Ya con seis años lo vemos en el ejército que logró la conquista de Navarra, por lo que no debe extrañar el amor que siempre demostraría por la guerra y las armas.

No fue esa su única educación. Aprendió letras con el poeta catalán Joan Boscá y si su tutor no fue el humanista valenciano Juan Luis Vives, se debió a un mal entendido en la correspondencia mantenida para hacerse con sus servicios. Aprendió latín y música, adquirió gusto por la pintura y un sano deseo de aprender que le llevaría a defenderse en italiano, francés y alemán. El joven Alba se preparaba para un futuro excepcional que pronto le sometería a prueba.

En 1516 el emperador Carlos V había llegado a España para hacerse cargo de sus dominios y uno de los nobles presentes en el comité de recibimiento fue el abuelo de Fernando. Con este acto, los Alba no sólo acataban la nueva monarquía, sino que quedaban adscritos a sus designios y decisiones, por muy lejos que estas pudieran llevarles. Así lo entendió Fernando cuando en 1524, y sin permiso de nadie, participó en su primera campaña militar: la reconquista de Fuenterrabía, localidad guipuzcoana caída en manos de rebeldes franceses y navarros. Tras un breve asedio, la plaza fue recuperada y, aunque su abuelo le reprendió por su marcha, Carlos V ­reconoció el valor del joven otorgándole el título de gobernador de Fuenterrabía.

En apenas dos años su vida cambia radicalmente. En 1529 se casa con la que sería su única esposa, que no única amante, María Enríquez, prima carnal e hija del tercer conde de Alba de Liste. Con ella tendría cuatro hijos: García, quien moriría en 1548 con 18 años de edad, Beatriz, Fadrique y Diego. Y en 1531 fallece su abuelo.

Esta defunción colocaba a Fernando como cabeza visible de los Alba y le obligaba, como gran noble de Castilla, a responder a todas las llamadas del Emperador. A sus órdenes participaría en la toma de Túnez de 1535, cuando más de 400 navíos y 30.000 soldados vencieron a las tropas de Barbarroja logrando su huida; en la invasión fallida de Francia de 1536, donde la escasez de suministros les hizo retirarse “con pérdidas y deshonor”; y en la campaña de Argel de 1541, un tremendo desastre en el que perecieron 12.000 hombres, pero donde la pericia del duque, evitando una mortandad mayor, le valió la gratitud del emperador y su nombramiento como jefe de la casa imperial.

Fernando no sólo se estaba formando como soldado y capitán, también como hábil político y diplomático. Miembros de su familia se diseminaban por Castilla, Nápoles y el propio Vaticano, tejiendo una red de influencias altamente beneficiosa para los Alba y el emperador, que pronto percibió la imposibilidad de prescindir de un hombre de tanto valor. Así fue cómo en 1542 lo nombró consejero regente de su hijo Felipe II, para que le asesora durante sus largas ausencias por Europa.

Historia de Iberia Vieja

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